24 enero 2011

Grace en El País

Me sorprendió a primeros de año está página de El País dedicada a mi persona. La escribe en su sección semanal en las páginas sobre Madrid Ruth Toledano.

 

Grace Morales con pasamontañas

RUTH TOLEDANO 07/01/2011


Que temblaran los herederos de González-Ruano, decían los de la web Madrid Me Mata en el post titulado El Madrid de Grace Morales. Y con razón: si la ínclita Grace Morales, firma estrella del mítico fancine Mondo Brutto, ha tomado la pluma de Répide y, de Álvarez, el tintero para ejercer de cronista social de la Villa, se revolverá en la tumba el propio César, cuyas Memorias, Mi medio siglo se confiesa a medias, leía nuestra Grace en pleno puente de diciembre. Lo cuenta en el post titulado "De lo castiz@", en su sección "Creaciones Madrid" de la revista digital de "librepensamiento y explicaciones" El Butano Popular (donde también escriben -van a mogollón para que quede constancia de que el elenco es de lujo, aunque puede usted, querido lector, saltarse las líneas que siguen si le parecen un chorizo, que para algo esta columna es vegana-: Sr. Ausente, Carlos Acevedo, Jorge de Cascante, Borja Crespo, Mike Ibáñez, Rubén Lardín, Don Lindyhomer, Santiago Lorenzo, Raúl Minchilena, Francisco Nixon, Miguel Noguera, Joan M. Oleaque, Carlo Padial, Marta Peirano, Javier Pérez Andújar, Joan Ripollés Iranzo, John Tones, Antonio Trashorras y Nacho Vigalondo).
Nos remite a Galdós porque asegura que don Benito es el que mejor cuenta todo lo madrileño
"Dirá el lector, no sin razón", dice Morales en su post constitucional e inmaculado, "que a quién se le ocurre, en medio de unas fechas como estas hacer cosa semejante, con la que está cayendo en la capital, ponerse con semejante ladrillo, con un escritor cuya obra se limita a acumular polvo en las estanterías". La que está cayendo sigue siendo la misma (y gracias, Grace, a que aún no han empezado a ser mirlos muertos a decenas, como en Arkansas) y las fechas son -han sido- navideñas, es decir, otras pero semejantes, en un cierto sentido que podríamos adscribir a lo que la mundana y brutal califica de "vertiginoso-contemporáneo": la adquisición (compulsiva, puntual, religiosa) de lo más supérfluo e idiota. "El acto más puramente radical", sigue diciendo la creadora madrileña, "sería, por ejemplo, entrar a revolver trapos en el interior del antiguo Palacio de la Música". Pues de lugares saboteados, desaparecidos, abandonados trata su colaboración butanera: del Palacio de la Música al H&M, del cine Bellón al Telepizza, del chalecito televisivo del Paseo de la Habana a la nada, del Galerías Preciados de Callao, donde no sólo Grace robaba discos, al Cash Converters de su barrio, pasando, claro está, por La Metralleta y, menos, obviamente, por Madrid Rock, digo, por Berska. De la Corte al Corte Inglés.
Ella nos remite a Galdós porque asegura, con razón no excluyente, que don Benito es el que mejor cuenta todo lo madrileño; eso sí, en formato 1.0. Y yo me remito a ella, con razón incluyente, porque me deleito con su colección de columnas, que gracias al formato 2.0 de esta Red en la que ya estamos irremisiblemente atrapados no tendremos que recortar y guardar en cajas de zapatos como las suyas, que esconden viejos billetes de Metro con anotaciones personales al dorso ("memorias de conciertos, cenas, cursos, borracheras, ligues, hospitales") y que su archivera denomina "Compendio de Ontología Metropolitana de lo que ya no es" o "diario de notas a pie de página del Subsuelo". Algún día se abrirán esas cajas y, al modo de Blanca Sánchez y Santiago Fisas con la movida madrileña, un curador del futuro se marcará una expo del underground que para sí la quisiera Ignacio González, con perdón. Con una pizca de suerte, es posible que para entonces hayamos cambiado de Consejero de Cultura y Deportes, aunque, pensándolo bien, quizá lo conviente fuera que no, ya que lo de esta expo no es más que pura especulación.
El último post de Grace Morales en las "Creaciones Madrid" de El Butano Popular se titula "El mercado" y está dedicado a un Pablo Olivares que me regocijo en temer sea el cantante de rock cristiano nacido a la luz en Argentina, tras sufrir su madre un parto, y a la Luz en México, tras sufrir su banda un secuestro. Se ocupa Grace del Mercado de Puerta Bonita, en cuyo abandono estuvo dispuesta a infiltrarse con nocturnidad, a través de un ventanal sin cegar y ataviada con un pasamontañas urban style, cuando se lo encontró okupado y con pancartas que reivindicaban un centro social.
Ella, la que nos ocupa, cámara en ristre, esperaba una cita con esa infancia en la que íbamos al mercado llevando el carrito que, de vuelta, ya pesado, traían nuestras madres. A la suya le pasaba el Mundo Obrero un vendedor de aceitunas y me pregunto, pues el mercado de mi infancia era otro pero el Mundo Obrero de mi madre era el mismo, si no habría en el Madrid preconstitucional, como en el Jaén bélico, una red de aceituneros altivos, por no decir comunistas, que explicaría el elevado consumo de aceitunas y otros variantes que se producía en mi casa materna. Sin ir más lejos, pues estoy hablando de Argüelles. Ni más ni menos. Grace Morales no pudo encontrar su infancia en el mercado, pero nosotros podemos encontrarla a ella en la Red. Y deleitarnos con su pasado, su presente y su futuro. Con su pasamontañas. ¡Ave, Morales, los madrileños, que van a morir, te saludan!

* Puntualización mía: el Pablo Olivares al que se refiere Ruth no es al que dediqué mi artículo, por muy bizarro que le pareciera a ella.  

http://www.elpais.com/solotexto/articulo.html?xref=20110107elpmad_7&type=Tes&anchor=elpepiespmad

Artículos Grace: Tatuajes

TATUAJES
(Enero de 2001, publicado en El Jueves).

Cuando éramos más pequeños, esto de los tatuajes nos sonaba a tres cosas: primero, a marineros del extranjero, rubios como la cerveza, de aspecto como el de la copla y el que gastan en la película “Querelle”, a ciudades con puerto de mar y bares de madera, con capitanes intrépidos que, entre caza y caza de calamares gigantes, recalaban en la tienda del tatuador malencarado correspondiente y, además de tener en cada uno una mujer distinta, iban y se hacían un tatuaje de la Isla del Diablo en el antebrazo, ya repleto de dibujos de anclas, sirenas y cofres repletos de perlas. En segundo lugar, los tatuajes nos sonaban a los malos pobres del barrio, a los delincuentes que habían dado con sus huesos en la penitenciaría más próxima y, como resultado, se habían tatuado el punto del kei de la galería o, en el mismo estilo, a los legionarios del cuartel anexo, con sus tatuajes a lo vivo de toscos dibujos de tías en bolas, corazones atravesados por puñales, cristos de aspecto horrible, remedos de calaveras y leyendas clásicas como “amor de madre” y “Vivan los Quintos del 75”. Un tercer grupo de personas humanas tatuadas serían los camioneros, a modo de resumen de los anteriores, mezcla extraña entre marinero, delincuente y legionario. 


No se crean que no lo hemos estudiado, que el origen de estos salvajes y pintorescos adornos, pasa en los indígenas de culturas lejanas, famosos en el mundo entero antes de la fiebre ecológica y de Sting cuando abusaba de aquel pobre infeliz jefe Raoni sin malicia alguna, precisamente por sus tatuajes y por su costumbre de introducirse huesos, palitos y anillos en todos los sitios imaginables de sus cuerpos, pero la sorpresa ha sido ver cómo esta fiebre exótica, restringida a círculos muy determinados y nada bien vista hasta el momento en este país nuestro, en el que sus habitantes, sobrios y austeros hasta decir basta, siempre tan poco dados al colorismo y a la imagen estridente, ha irrumpido con fuerza entre los más jóvenes, al igual que la decoración de anillos y otros metales incrustados en sus narices y tetes u ombligos, el llamado piercing, en principio de claras connotaciones sexuales, utilizado además de por los indígenas por los salvajes del sexo desde hace lustros. Lo chocante es que esta práctica haya pasado a ser otra moda idiota de fin de semana, cuando la mari (Diana, Violeta o Miranda) de turno se coloca en el ombliguito su arito de quita y pon y se va a lucirlo a la discoteca, confundiendo el culo con las témporas (también, también en las témporas se cuelga la gente cosas). Como será la cosa, que hasta Raúl de “Al Salir de Clase”, ha decidido hacerse un piercing, pero, eso sí, de Tony Hillfiger...
El otro Raúl, el del Madrid, de momento no ha sido sorprendido portando un piercing, al menos, en ninguna parte visible, pero eso no quiere decir nada, ya que hasta hace relativamente poco tiempo, las barbas y los bigotes estaban prohibidos en ese club. Sin embargo, en clubs más meridionales sí se ha visto ya a algún delantero centro con un discreto arito, prueba fehaciente de que lo que empezó como algo alternativo y rompedor, para minorías de enterados transgresores, se ha convertido en una moda para los de siempre: para las multitudes que van a los raves-discotecas de su pueblo o barrio todos los fines de semana. Los más guays se han quitado ya los tatuajes en Houston y esos brazotes a lo Chili Peppers, eso pinchos a lo Silke y esas escarificaciones al estilo Yola Berrocal se han quedado como el amor de madre y los puntos de la droga del principio... Es decir, hechos una pena.
Ahora bien, que no estamos diciendo en absoluto que no nos mole ir tatuados, escarificados o hechos un santo cristo, al fin y al cabo cada uno es muy libre de hacer con su cuerpo lo que digan lo los americanos. Al fin y al cabo, un clavo en los perendengues siempre lucirá más que salir con el culo al aire. O por lo menos eso nos parece a nosotros.


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