04 junio 2012

ZIGGY STARDUST Y LAS ARAÑAS DE MARTE




Volvió a mirar la pantalla de su móvil. Había recibido varios emails, amigos y  familia. Le habían llamado colegas de fuera de Madrid para preguntarle, sabedores de la dirección de su casa y el bar. Moviestar tampoco faltó a su cita, inexorable como el destino y ajena a la fatalidad, con publicidad de ofertas y descuentos. Pero nadie había contestado a su primer sms del día, y Miguel, tras tomarse litro y medio de agua, un té y dos cervezas, seguía con la misma desazón y el vértigo. 
Le contemplaban las reproducciones de los naipes de Crumb en la pared. Se dio cuenta de que desde que le habían despertado no había escuchado música, salvo – por llamarlas de alguna manera- las machaconas entradas de película de acción de los avances informativos.
Volvió a mirar la pantalla del móvil, y entró en el cuartito de la tormenta para buscar un disco.
A Miguel lo que más le gustaba del mundo era el jazz, en cualquiera de sus múltiples variantes. En su bar, rarísimo era el día en que sonaba otro estilo, se tenía que poner muy pesada la clientela, pero ese 11 de marzo fue directo a buscar un cedé de rock. Lo había comprado hacía casi dos años para regalo y nada tenía que ver con el jazz.  Aún estaba sin abrir, con su precinto de la tienda, así que tras luchar unos segundos con el irritante y feo envoltorio de plástico, sacó el disco y lo colocó en la minicadena. Seleccionó la primera canción de la lista, mientras estudiaba la portada.




La conocía muy bien, pero en la versión en vinilo, que su hermano mayor había llevado a casa hacía décadas: la calle mojada por la lluvia al anochecer, el letrero luminoso que sugiere una pregunta, el extraño centelleo de la farola…, todo, esa tarde en el Madrid que no fue, se volvía negra desilusión. Un triste fraude. Le temblaban los dedos cuando dio al “play” y sonaron los primeros acordes de batería. El extraterrestre de pelo amarillo empezó a recitar acerca del fin del mundo, y Miguel se preguntó si ella habría llegado a escucharlo a tiempo, aunque hubiese sido con otra copia, de otras manos, quizá bajada de Internet y materializada en un Verbatim escrito con rotulador resistente al agua y la carátula de fotocopia en blanco y negro. Él había ido a comprar la edición “30 Aniversario”, con canciones extra y versiones, por ejemplo de ésa cuyo título ella utilizaba de nick, sin tener ni idea de que era una canción escrita por una estrella de rock caída a la tierra hacía mucho, mucho tiempo, en la que ni siquiera hablaba de una mujer.

Gracias a los equívocos subsiguientes con el nombre, Miguel tuvo un romance con María Eugenia, primero a través del ordenador y después en persona. Ella tuvo que presentarse en el bar para que Miguel comprobara que no era realmente un travesti, y así estuvieron unos meses, jugando a gustarse y a no, a salir y dejar de hacerlo. Ella era chica, desde luego tuvo Miguel oportunidad de dar fe tras un par de citas. Y además preciosa, ojos azules, cabello rubio y cuerpo liviano, muy dulce y de voz cantarina, como si hubiese salido de un cuadro de Evelyn de Morgan, de no ser porque en lugar de alas y túnicas, llevaba traje sastre y una cartera. Eso, por no hablar de su mal de la piel y el estrés que lo aumentaba. De lejos, incluso en una media distancia no se percibía, el observador estaba ocupado admirando la proporción menuda, el pelo largo y el aspecto desvalido con chaqueta y toque un poco desaliñado – unos botines vulgares en lugar de zapatos de administrativa internacional de más precio- , pero en cuanto te acercabas un poco a los ojos grandes y claros, te sorprendía lo de la melena: el pelo tan seco, que el de una muñeca aparentaba más vida, y en la carita le brillaban unas pequeñas escamas de pez sobre las aletas de la nariz y las comisuras de la boca. Miguel pensó alarmado al principio si sería un problema de higiene, pero todavía no había visto nada. La primera vez que tocó su piel más allá de la ropa, en el coche donde la acompañó a su casa en Vallecas, encontró en el interior de los muslos una piel semejante a la de las serpientes, dura y escamosa, que no es que le horrorizara, pero le dejó intrigado y sin poder preguntar. Cuando por fin la vio desnuda, o mejor dicho, casi desnuda, porque la luz era muy poca y ella no se lo puso fácil, no supo si lo que le pasaba era la consecuencia de una quemadura muy grande o realmente que estaba en presencia de un híbrido mujer-reptil, pero es cierto que no le importó demasiado. Ella lo agradeció y después le habló de la soriasis. Tras tres encuentros sexuales y seis citas, todas breves, Miguel se hubiera quedado con ella para empezar una relación estable, aunque a distancia, ella viajando por Europa y él poniendo cervezas y pasando costo en su bar. No le hubieran importado los kilómetros ni la piel de escamas. Adoraba los ojos azules y el punto de locura de la mujer serpiente. Pero ella estaba muy lejos y la relación, que empezó en un chat de forma natural y fluida, se evaporó de la misma manera.
El trabajo de Geni, tras haber estudiado Marketing e Inglés (“Sí, de verdad, yo sé inglés, te lo prometo, lo tengo que hablar a diario”), era un confuso puesto conocido como “Assistant Executive” para una empresa extranjera, Business Net, que consistía en organizar reuniones, anunciadas previamente en Internet, de diferentes profesionales conectados entre sí para discutir proyectos y beneficios a corto plazo. Las promovía la empresa, la UE y la propia Geni, a quien tanto viaje, tanto email y tanta tarjeta de presentación la estaba devorando, literalmente. Geni era de hablar dulce pero de movimientos nerviosos: hacía cuatro o cinco cosas, siempre conectada a la red, en un avión, nunca estaba en Madrid una semana entera. Miguel se agarró a esa idea y la imaginó en la habitación de un hotel en Bruselas, como aquel al que viajó para verla una noche, allí donde la sorprendió preparando un seminario en su portátil. Envuelta en la bata de color blanco y en su piel fría de animal nervioso y dócil.
(Otra Dimensión, "Las Arañas de Marte", pág. 221-224.)

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