14 abril 2009

Redes Sociales



"Ya en el siglo IV, en tiempos de Basilio, existían en Capadocia importantes colonias de anacoretas instaladas en uno de los lugares más extraños de la tierra, una región situada al oeste de Cesarea, entre esta localidad y Argea. Allí, en una superficie en forma de triángulo de más de doscientos kilómetros cuadrados, el suelo, que es muy poroso, había sido, desde tiempos inmemoriales, descarnado por las lluvias y la erosión, por lo que sólo conservaba las partes más duras. Todo un paisaje fantástico de picos, cúpulas, conos y monolitos se eleva así hacia el cielo.

Piedras de todas formas y variadas posiciones, trabajadas por los elementos de la Naturaleza o de la mano del hombre; agujereadas, roídas por el agua, socavadas, vaciadas; con puertas y ventanas excavadas en la misma roca. A veces, los muros exteriores caídos dejan a la mirada pasearse a su antojo por las celdas y los meandros de un complicado convento... Ruinas producidas por la fatalidad de la tierra. Ruinas determinadas por la fatalidad humana. Las aguas invernales llenan las oquedades, se hielan, se distienden y hacen estallar la piedra. Los rebaños humanos se extienden a veces como plaga de langosta y lo arrasan todo. Así, cerca de mí, gira la rueda de la vida y de la muerte".

Georges Séféris, Trois Jours dans les églises rupestres de Cappadoce, Instituto Francés de Atenas, 1953.

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