02 septiembre 2008

La Visita (II)

Mi padre llegó tan grave al hospital, que no se enteró de que su primer compañero de habitación era un gran aficionado a la práctica del catolicismo, como él. De haber podido ser consciente de la coincidencia, seguro que se hubieran entregado los dos al rezo y la discusión de los misterios. Pero mi padre había perdido la conexión con la realidad semanas atrás, desde el accidente que le llevó a la UCI. El caso es que mucha gente cree que mi padre siempre ha carecido de conexiones con la realidad, que se ha pasado la vida en las nubes, con un despiste tremendo, pero la metáfora se convirtió a primeros de junio en un parte de Hemorragia Subaracnoidea en surcos parietales derechos, hematoma subdural izquierdo que ocupa la práctica totalidad de la convexidad, lengüeta de hematoma subdural frontal derecho, fractura de clavícula izquierda, fractura costal izquierda y fractura de rama isquiopubiana derecha… Y otras muchas más cosas que ahora mismo ya no recuerdo.
Antes del suceso, mi padre había protagonizado numerosos incidentes. Entre el despiste habitual, y las secuelas de su primer ictus, que mermaron considerablemente sus tiempos de respuesta, ya se había caído varias veces en casa y en la calle. Unas porque se tropezó con algún bordillo, y otras porque alguno de sus vacíos mentales, ese irrumpir su cerebro en un estado en blanco, le había pillado en medio de la carretera, con los coches frenando y a punto de atropellarle. Después de socorrerle los transeúntes, de ayudarle a levantar del suelo, él miraba a la gente como si acabara de volver de un trance de hipnotismo. No recordaba qué hacía allí, ni por qué tenía un chichón en la cabeza y raspaduras en los brazos y las rodillas, como las de los niños que se caen jugando.
Que aquella situación terminara dramáticamente era simple cuestión de tiempo y cálculo de probabilidades, pero lo que nadie sospechaba es que se fuera a resolver de un modo, por así decirlo, tan espectacular. Las apuestas iban cinco a uno por atropello o caída por escaleras, pero mi padre demostró su esencia de ser bicho raro hasta para tener un accidente grave.
Un mediodía de junio, el sol brillando con fuerza, al volver de comprar el periódico, decidió tomar un camino alternativo para llegar a casa. Supongo que buscando la sombra, escapar de los rayos de sol que tanto afectan a sus ojos, - tantos años dibujando a la luz de un flexo - , deseando salir del deslumbramiento y la ceguera que los días de mucha luz y calor le han producido siempre, entró en la penumbra de un taller mecánico que tenía salida al lado de casa. Eran más de la una de la tarde del sábado, y los dos operarios que estaban recogiendo para cerrar, vieron con fastidio la silueta de un hombre alto y gordo que entraba a pie firme, casi corriendo. Un cliente que les iba a chafar la mañana, debieron pensar. Y quizá por eso se quedaron inmóviles, sin acercarse a él, sin decir nada, a ver si así se desmaterializaba o algo. Pero la silueta seguía avanzando hacia ellos, con decisión, resuelta a atravesar el taller. Hasta que, de repente, dejaron de verla, como si sus deseos de hacerla desaparecer y cerrar corriendo el local se hubieran cumplido.
Tras unos segundos de estupor, asomados al borde, los dos mecánicos por fin encontraron a mi padre, el supuesto cliente pesado de última hora, después hombre invisible, y ahora el loco que se había caído de cabeza, con decisión, en el foso del taller.

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