26 agosto 2008

EIGHT MEN AND FOUR WOMEN


I dreamed that love was a crime
I was alone, so lonely and blue

You know why? Because eight men and four women, Lord

They found me guilty of loving you (loving you)

As they were taking me away
You were taking, I saw you when you were taking the witness stand
You know what? I heard the lawyer when he asked you, my love
"Do you really love that man?"

It was eight men and four women (guilty)

How could they be so blind (guilty)

How could they? I knew they sat there

And called true love a crime [this is what killed me]

But a tear rolled down my cheek
I felt so sorry for you
You know why? Because in my heart I knew, oh yes, baby I knew
That they would find you guilty too

Judge, your honor and to the jury
I intend to prove beyond a shadow of a doubt that we are innocent
And true love is not a crime

(Lord, that's the jury of love) Lord, that's the jury of love

A mean judge and a mean jury, oh, that's the jury of love
(Lord, that's the jury of love)

Lord, that's the jury of love)

La Visita (I)

Las tres de la tarde de un día de agosto. Sobre la carretera de Andalucía humeante por el calor, El Doce de Octubre se materializa ante el autobús como la fortaleza en medio de un paisaje calcinado. Como la mole surgida de un espejismo. Aunque en nada se parece a un castillo de los cuentos. Tampoco a un hospital. Como mucho, desde el velo de calor, es una especie de torre de oficinas antigua, de forma y color inapropiados para cualquier proyecto que tenga como objetivo la estancia de las personas. Me bajo en la última parada del 55, sorteando las baldosas rotas de la acera, algunas en peligroso vertical, porque las raíces y los hierbajos han estallado bajo el pavimento, para ascender por la rampa que da a la entrada principal. La puerta, la salida de la oficina: grupos de gente esperan taxis, ambulancias y coches particulares. La gente fuma en torno a un cenicero gigante que se prende cada dos por tres cuando alguno de los visitantes echa dentro un folleto de propaganda. Como un pebetero laico. Las mujeres fuman con ese mismo gesto de haber hecho un parón apresurado y quedar desarmadas, solas con su uniforme, sin bolso ni llaves: un brazo cruzado sobre el pecho, la mano que sostiene el cigarrillo al tiempo que agarra el otro brazo pegado al cuerpo.

Tras sortear a una multitud de visitantes que se deslizan por el suelo encerado hacia el bar, subo hasta el segundo piso por las escaleras. Hace meses que he abandonado cualquier esperanza de acceder a los ascensores, que tienen más de vagón del metro en hora punta, a cualquier hora del día en este caso, que de ascensor propiamente dicho. En el hall, otra pequeña concentración humana desparramada por las sillas de skai y alrededor de las máquinas expendedoras emite un ruido como de enjambre de insectos, un poco como chicharras. Al entrar en el pabellón de Neurocirugía me tropiezo con una limpiadora, que empuja un cesto metálico lleno de sábanas sucias. En los bancos de madera, una hilera de familiares agotados espera noticias del pabellón contiguo, el de cardiología. Los niños están dormidos, algunos tirados en el suelo, después de cansarse haciendo carreras por la planta y gritar como energúmenos. Están horas y horas entregados a esa tarea. No a la de dormir, sino a la de correr y chillar. Los niños, benditos sean, se cansan menos que un adulto.

En el pabellón de neurocirugía todo está en silencio. Es la hora de la siesta, que no perdona ni la enfermedad ni el protocolo. Camino delante del mostrador de enfermería, vacío. Las auxiliares están reunidas en su salita, y de allí salen grititos de conversación y risas ahogadas. Ahora paso por delante de las habitaciones entreabiertas: los pacientes duermen, lo intentan imitando a sus familiares o ven la tele. Después de estos meses, los conozco bien: la mayoría ha tenido un accidente de coche en el viaje de vacaciones. Fractura craneal, politraumatismos. Un hombre joven, un polaco muy animoso casi se espachurra en el tajo. Se le ha caído encima una viga. Cuando los suben del quirófano, todos llegan con la cabeza afeitada, junto a una gran cicatriz, profunda, cerrada con grapas. Unos a modo de diadema, otros sólo a un lado del cráneo, que también puede llegar abombado, como si se hubieran olvidado de ponerle el hueso.

El resto es una mujer joven, una abogada penalista, a la que han extirpado un cáncer cerebral – con éxito -, que celebra su recuperación paseándose con un turbante y una bata china de colores dorados encima del espantoso pijama azul, el oficial, ése que te hace parecer condenada a muerte en cuanto te lo ponen), un chico que permanece aislado en una habitación esterilizada con una grave enfermedad auto inmune y tres ancianos que han sido operados por derrame cerebral. Algunos permanecen conectados a un respirador y llevan incorporados a la vena varios aparatos de medición. Intentan incorporarse en la cama, lentamente. Incorporarse de su enfermedad, de su accidente.

El ocupante de la última habitación a la derecha es mi padre. Por la otra cama con la que comparte el (reducido) espacio ya han pasado varios pacientes. Estuvo el padre de familia operado de un tumor, que era correctísimo en sus modales y casi no se notaba su presencia, aparte de por el costurón que le recorría la nuca. Tampoco oíamos a su mujer. Sólo se dedicaban a murmurar el rosario a dúo y a preguntar por el estado de mi padre. Se fueron tan silenciosos que ni nos enteramos.

Luego vino el otro señor que tenía una enfermedad de la médula. Era muy dicharachero y siempre nos daba consejos, advertencias, comentarios y opiniones sobre todas las cosas, incluso si nosotros no se las pedíamos, además de describirnos más de tres veces al día su operación y el tratamiento. Le habían desahuciado hacía tiempo, pero él era el único que no lo sabía. Con esto quiero decir que lo sabíamos todos. La población entera del planeta, menos él. Su señora se lo contaba a todos, mientras a él le daba ánimos. Le engañaba diciéndole que la operación había sido un éxito y ya se iban a casa a seguir con la vida. El, entusiasmado, pero con la cara amarilla verdosa, volvía a contarnos que todo se había resuelto gracias al deporte y la constancia. El siempre había hecho gimnasia y atletismo, ni fumar ni beber. Ahí estaba la clave, no abandonarse y practicar ejercicio. Que volvería a entrenar al equipo de fútbol de su barrio, y organizar los torneos, como siempre. Su mujer le miraba - pues claro que sí, pues claro que sí.- con una gran sonrisa, y luego se giraba hacia nosotros y ponía cara de desgracia, como el payaso listo del circo. Yo no sabía dónde mirar, me daban arcadas. Mi madre decía que el señor, como se ve que siempre había estado acostumbrado a hacer muchas cosas y, sobre todo, a mandar mucho, si se enteraba que se iba a morir lo mismo se enfadaba un poco, y por eso su mujer no se lo decía. Para no molestarle. Yo creo que le tenía miedo, quizá sospechaba que entonces le ordenaría que se enterrase viva con él, como un faraón del atletismo para aficionados. A ella, a los hijos, las nueras, los nietos, y a todo el equipo de fútbol sección alevines. La equipación y los trofeos de la Maratón Pintoresca de Cuenca, como el tesoro de su pirámide.

Cuando por fin se fueron, el señor a morirse pronto sin saberlo y la otra a seguir poniendo caras horribles, llegó el loco. Pero un loco de verdad, de esa clase que el mundo moderno cree que son una invención del cine, al que no se sabía si le habían hecho una lobotomía o una trepanación, pero el caso es que mucho éxito no había tenido, o lo mismo sí. Se movía frenético, se levantaba de golpe, se arrancaba los tubos del brazo, se agitaba espasmódicamente, hasta que tuvieron que atarle a la cama. Pero apenas hablaba. Sólo decía “Hola” como si fuese a asesinarnos, aunque creo que era por la intensidad con que expresaba el saludo. Otras veces se incorporaba y nos miraba fijamente con los ojos hundidos, rodeados por unas ojeras moradas. Su hermana decía que no era peligroso. Y así era, porque la mujer, harta de romperse el espinazo en las sillas cuando pasaba allí la noche, se metió con él en la cama tranquilamente. Así dormían los dos, ella roncando, y él, con su baile de San Vito o lo que fuese aquello. Cuando se lo llevaron – yo imaginé que a una institución gobernada por monjas con manguito y delantal - y trajeron al padre de familia accidentado, su mujer, sus cuatro hijos, sus padres, sus hermanos, hermanas, cuñados y sobrinos, mi madre y yo supimos que le íbamos a echar mucho de menos.

Yo pensé que había visto de todo en aquel sitio, pero después de los dos hermanos compartiendo una cama de noventa en el Doce de Octubre, reconocí que aún me quedaban muchas maravillas por contemplar.

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