17 agosto 2008

ECLIPSE DE LUNA

Anoche soñé con mi renuncia. Había decidido dejar lo que estaba haciendo y presentar mi dimisión de forma irrevocable. Quería, además, explicar las razones por las que había llegado a esa conclusión. Las decepciones sufridas, la manipulación, la soledad en la que me había encontrado siempre, y el reconocimiento de mi falta de valor por no haberlo hecho antes.

Entonces empezó. No encontraba en ningún sitio papel para escribir una carta. Nadie tenía bolígrafo. Mi lápiz no pintaba y mi libreta se disolvió en el aire. Lo intenté con el correo electrónico. No tenía conexión y cada vez que intentaba escribir la dirección y el cuerpo del mensaje, las palabras se borraban de la pantalla. No conseguía ver con claridad las teclas de mi móvil, era imposible formar una sola palabra. Intenté llamar, pero el número había desaparecido de mi agenda. No me acordaba de ninguno de los números a los que quería dirigirme.

Encontré una cabina, pude echar la moneda y escuchar el sonido de la línea telefónica, pero era incapaz de marcar el número. Unas veces no lo recordaba, otras lo marcaba mal. Al final, las teclas se desdibujaron.

Decidí caminar hasta la casa donde presentar mi renuncia. Estuve andando horas, no encontraba la dirección correcta. Se hizo de noche en mi sueño cuando llegué por fin al lugar. Grité lo que quería decir, todo lo que me había guardado durante años, pero nadie me contestó. Llamé a la puerta, la golpeé con los puños, pero la casa estaba vacía. Cuando emprendí el camino de vuelta, sin embargo, escuché una música familiar.

Luego me desperté. Cuando me miré en el espejo, mi cara estaba borrosa.

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