13 agosto 2008

Hasta hace un año y medio, yo no me hablaba con mi padre. No se trata de que estuviésemos enfadados por un hecho en concreto – ni abusos sexuales, ni enormes palizas-. La fractura que había entre nosotros era de otra índole. El caso es que yo no le dirigía la palabra. Desde 1982 llevaba sin decirle algo más que “Buenos días”, “Buenas tardes” y “Adiós, buenas noches”.

Pero él sí me hablaba. En realidad, mi padre, más que hablar, sentenció toda su vida, como un personaje de teatro. Aunque ahora mismo no sabría decir si de Muñoz Seca o de Arthur Miller. Hablaba sin cesar, sobre todas las cosas de este mundo. Para cualquier tema tenía una frase, una opinión, una sentencia. Su vida desdichada, sus constantes tropiezos, le habían convertido en una especie de profeta de sí mismo. Obcecado en unos principios que no le valieron de nada, seguía una y otra vez diciendo barbaridades, aunque creo que al final ya no creía en ninguna.

Entonces comenzaron sus dudas, y poco después la abjuración de los valores católicos y del cerrilismo como norma de vida, todo en lo que había confiado ciegamente desde niño. Hace un año y medio, mi padre nos sorprendía clamando contra la Iglesia y su Papa y contra el poder establecido, porque lo habían arrojado a la miseria.

El año pasado por estas fechas, fue la primera vez que hablé con mi padre desde el año 1982. Desde su cama del hospital me dijo que todavía seguía creyendo que su linaje estaba condenado, pero que viéndome ahora, y aunque cada vez me parecía más a él, quizás yo era la única que se había librado de la maldición. Estos días, que mi padre ya no se acuerda de cómo me llamo, soy yo la que hablo con él y le digo todas las barbaridades que se me ocurren sobre el catolicismo y la patronal. Y se ríe.

Menuda mierda de reconciliación.

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