12 septiembre 2008

09 septiembre 2008

La Visita (y III)

Mi padre, mi madre y yo permanecimos casi cuatro meses en el hospital. Durante todo ese tiempo, las únicas visitas que tuvimos fueron las de los compañeros de cama de mi padre y sus respectivas familias. La del último, ya decía antes, hubiera servido para hacer de visitantes a todos los pacientes de la planta, tal era la cantidad de personas que llegaban diariamente a la habitación. Estaban los hijos, que eran muchos, todos casados y con descendencia, pero después venía un enjambre de tíos, primos, vecinos, hermanos, yo creo que hasta se llegaron a presentar invitados de esos que se cuelan en las bodas, simplemente por la aglomeración y el ambiente festivo que se vivía allí.

Yo siempre he sido muy consciente de pertenecer a una familia extraña. Bueno, ahora creo que las llaman disfuncionales. Da igual. Una familia de gente mal avenida y huraña los unos con otros. Unos porque estamos enfadados por razones de orgullo y soberbia idiota, otros porque se han olvidado de mi padre hace décadas, otros porque ni saben que tienen familia. No somos muchos, pero sí podríamos llenar la habitación de un hospital e incluso parte del pasillo. Pero no vino nadie a visitar a mi padre. Con excepción de tres personas.

Mi hermano vino un par de veces al principio, pero dijo que parecía que mi padre estaba bien, y que no pensaba volver, que aquello era una mierda. Algún día escribiré sobre mi hermano.

El segundo fue mi tío A., que se presentó por sorpresa, porque no vive en Madrid, y venía a visitar a su hermano, que también estaba muy enfermo. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Fue muy grata su presencia, siempre lo es.

La tercera visita llegó a la planta cuando yo venía de la cafetería. Desde la puerta del hall se escuchaba su voz. Una voz, que porque la conozco, porque si no, hubiera pensado que una potencia divina se había presentado para llevarse a alguno de los pacientes. Una voz atronadora, de bebedora abstemia, que se ha quedado ronca de tanto gritar, porque está en su genética el oficio de mandar, de enjuiciar y de ordenar. En efecto, ante la cama de mi padre estaba mi tía la mayor. Alta, entera, llena de joyas y oro, captando con su escáner de imagen todos los detalles. De entrada, veía con satisfacción que el viaje había tenido provecho: mi padre estaba realmente mal, se le veía muy grave con todos aquellos tubos, inconsciente e inmóvil. No era una exageración, y podía dar detalles bastante desagradables de su estado, que era algo que le gustaba mucho, yo creo que no por morbo, sino porque mi tía es así, disfruta enormemente hablando de las desgracias ajenas. Sobre todo, si son de personas a las que no tiene mucho cariño, como es el caso de mi padre.

Sin embargo, no se la notaba tan contenta al observar a mi madre. El día anterior, mi madre se había tomado la mañana libre para cortarse el pelo, que tenía como un nido de pájaros, y lucía un aspecto francamente bueno, puesto que mi madre tiene un cutis resplandeciente y un pelo maravilloso, que ni las noches de insomnio ni sus dolores, tanto los físicos como los de su corazón, han podido arruinar. Mi tía estaba un poco desilusionada al no encontrar a su hermana pequeña hecha un asco, después de tantas semanas viviendo prácticamente en el hospital, y de tantos problemas como sabe que tiene.

- Hija, desde luego, estás increíble. Vaya cara que luces.
- Será de la alegría que tengo encima, no te digo ésta…
- Pues mírame a mí, que estoy llena de dolores…

Por suerte para ella, en ese momento aparecí yo, y ya visualicé, sin necesidad de abrir la puerta ni de ver su cara, la sonrisa de oreja a oreja de mi tía.

- Cuánto tiempo sin verte. ¿Todavía no te has casado, no? ¿Sin trabajo, no? ¿Y tu hermano, tan mal como siempre, no? vaya desgracia que os caído. No te encuentras mejor todavía, ¿no? ¿Sigues yendo al loquero ése, no? Anda que tu prima la mayor está buena contigo, no te quiere ni ver, menuda faena, maja. Has perdido mucho peso, ¿eh? Sigues vistiéndote como cuando eras jovencita, igual de rara, pues ya no lo eres, no creas, aunque no lo aparentas mucho, tienes cara de cría, a ver si te casas ya, que no vas a ser una mujer comme il faut ni de vieja, que ya te queda poco para eso. Mis nietos ya van al instituto, fíjate, pero nada de carreras, para qué, luego terminan como tú, sin trabajo fijo. No sé cómo vas a ayudar a tus padres ahora, que no tienen donde caerse muertos, ni tú tampoco, ¿no? Oye, niña, ¿dónde está el váter?

Mi madre estaba muy pálida, le cogía la mano y hablaba bajito a mi padre. Acompañé a mi tía a los servicios del fondo del pasillo, mientras que por el camino le preguntaba por mi tío y el huerto del pueblo, que sé que le gusta mucho. El huerto, mi tío no le gusta nada a mi tía. Estaban limpiando los baños en ese momento, así que tuvimos que bajar a los de la planta primera. Mi tía cerró la puerta del servicio y pidió que la esperara. Yo dije que estaría afuera, comprando un refresco en la máquina. Pero antes atranqué la salida del baño con la bolsa metálica de sábanas sucias, puse el cartel de “No Pasar” y salí a dar un paseo, por la superficie calcinada por el sol de los alrededores del hospital.

02 septiembre 2008

La Visita (II)

Mi padre llegó tan grave al hospital, que no se enteró de que su primer compañero de habitación era un gran aficionado a la práctica del catolicismo, como él. De haber podido ser consciente de la coincidencia, seguro que se hubieran entregado los dos al rezo y la discusión de los misterios. Pero mi padre había perdido la conexión con la realidad semanas atrás, desde el accidente que le llevó a la UCI. El caso es que mucha gente cree que mi padre siempre ha carecido de conexiones con la realidad, que se ha pasado la vida en las nubes, con un despiste tremendo, pero la metáfora se convirtió a primeros de junio en un parte de Hemorragia Subaracnoidea en surcos parietales derechos, hematoma subdural izquierdo que ocupa la práctica totalidad de la convexidad, lengüeta de hematoma subdural frontal derecho, fractura de clavícula izquierda, fractura costal izquierda y fractura de rama isquiopubiana derecha… Y otras muchas más cosas que ahora mismo ya no recuerdo.
Antes del suceso, mi padre había protagonizado numerosos incidentes. Entre el despiste habitual, y las secuelas de su primer ictus, que mermaron considerablemente sus tiempos de respuesta, ya se había caído varias veces en casa y en la calle. Unas porque se tropezó con algún bordillo, y otras porque alguno de sus vacíos mentales, ese irrumpir su cerebro en un estado en blanco, le había pillado en medio de la carretera, con los coches frenando y a punto de atropellarle. Después de socorrerle los transeúntes, de ayudarle a levantar del suelo, él miraba a la gente como si acabara de volver de un trance de hipnotismo. No recordaba qué hacía allí, ni por qué tenía un chichón en la cabeza y raspaduras en los brazos y las rodillas, como las de los niños que se caen jugando.
Que aquella situación terminara dramáticamente era simple cuestión de tiempo y cálculo de probabilidades, pero lo que nadie sospechaba es que se fuera a resolver de un modo, por así decirlo, tan espectacular. Las apuestas iban cinco a uno por atropello o caída por escaleras, pero mi padre demostró su esencia de ser bicho raro hasta para tener un accidente grave.
Un mediodía de junio, el sol brillando con fuerza, al volver de comprar el periódico, decidió tomar un camino alternativo para llegar a casa. Supongo que buscando la sombra, escapar de los rayos de sol que tanto afectan a sus ojos, - tantos años dibujando a la luz de un flexo - , deseando salir del deslumbramiento y la ceguera que los días de mucha luz y calor le han producido siempre, entró en la penumbra de un taller mecánico que tenía salida al lado de casa. Eran más de la una de la tarde del sábado, y los dos operarios que estaban recogiendo para cerrar, vieron con fastidio la silueta de un hombre alto y gordo que entraba a pie firme, casi corriendo. Un cliente que les iba a chafar la mañana, debieron pensar. Y quizá por eso se quedaron inmóviles, sin acercarse a él, sin decir nada, a ver si así se desmaterializaba o algo. Pero la silueta seguía avanzando hacia ellos, con decisión, resuelta a atravesar el taller. Hasta que, de repente, dejaron de verla, como si sus deseos de hacerla desaparecer y cerrar corriendo el local se hubieran cumplido.
Tras unos segundos de estupor, asomados al borde, los dos mecánicos por fin encontraron a mi padre, el supuesto cliente pesado de última hora, después hombre invisible, y ahora el loco que se había caído de cabeza, con decisión, en el foso del taller.

26 agosto 2008

EIGHT MEN AND FOUR WOMEN


I dreamed that love was a crime
I was alone, so lonely and blue

You know why? Because eight men and four women, Lord

They found me guilty of loving you (loving you)

As they were taking me away
You were taking, I saw you when you were taking the witness stand
You know what? I heard the lawyer when he asked you, my love
"Do you really love that man?"

It was eight men and four women (guilty)

How could they be so blind (guilty)

How could they? I knew they sat there

And called true love a crime [this is what killed me]

But a tear rolled down my cheek
I felt so sorry for you
You know why? Because in my heart I knew, oh yes, baby I knew
That they would find you guilty too

Judge, your honor and to the jury
I intend to prove beyond a shadow of a doubt that we are innocent
And true love is not a crime

(Lord, that's the jury of love) Lord, that's the jury of love

A mean judge and a mean jury, oh, that's the jury of love
(Lord, that's the jury of love)

Lord, that's the jury of love)

La Visita (I)

Las tres de la tarde de un día de agosto. Sobre la carretera de Andalucía humeante por el calor, El Doce de Octubre se materializa ante el autobús como la fortaleza en medio de un paisaje calcinado. Como la mole surgida de un espejismo. Aunque en nada se parece a un castillo de los cuentos. Tampoco a un hospital. Como mucho, desde el velo de calor, es una especie de torre de oficinas antigua, de forma y color inapropiados para cualquier proyecto que tenga como objetivo la estancia de las personas. Me bajo en la última parada del 55, sorteando las baldosas rotas de la acera, algunas en peligroso vertical, porque las raíces y los hierbajos han estallado bajo el pavimento, para ascender por la rampa que da a la entrada principal. La puerta, la salida de la oficina: grupos de gente esperan taxis, ambulancias y coches particulares. La gente fuma en torno a un cenicero gigante que se prende cada dos por tres cuando alguno de los visitantes echa dentro un folleto de propaganda. Como un pebetero laico. Las mujeres fuman con ese mismo gesto de haber hecho un parón apresurado y quedar desarmadas, solas con su uniforme, sin bolso ni llaves: un brazo cruzado sobre el pecho, la mano que sostiene el cigarrillo al tiempo que agarra el otro brazo pegado al cuerpo.

Tras sortear a una multitud de visitantes que se deslizan por el suelo encerado hacia el bar, subo hasta el segundo piso por las escaleras. Hace meses que he abandonado cualquier esperanza de acceder a los ascensores, que tienen más de vagón del metro en hora punta, a cualquier hora del día en este caso, que de ascensor propiamente dicho. En el hall, otra pequeña concentración humana desparramada por las sillas de skai y alrededor de las máquinas expendedoras emite un ruido como de enjambre de insectos, un poco como chicharras. Al entrar en el pabellón de Neurocirugía me tropiezo con una limpiadora, que empuja un cesto metálico lleno de sábanas sucias. En los bancos de madera, una hilera de familiares agotados espera noticias del pabellón contiguo, el de cardiología. Los niños están dormidos, algunos tirados en el suelo, después de cansarse haciendo carreras por la planta y gritar como energúmenos. Están horas y horas entregados a esa tarea. No a la de dormir, sino a la de correr y chillar. Los niños, benditos sean, se cansan menos que un adulto.

En el pabellón de neurocirugía todo está en silencio. Es la hora de la siesta, que no perdona ni la enfermedad ni el protocolo. Camino delante del mostrador de enfermería, vacío. Las auxiliares están reunidas en su salita, y de allí salen grititos de conversación y risas ahogadas. Ahora paso por delante de las habitaciones entreabiertas: los pacientes duermen, lo intentan imitando a sus familiares o ven la tele. Después de estos meses, los conozco bien: la mayoría ha tenido un accidente de coche en el viaje de vacaciones. Fractura craneal, politraumatismos. Un hombre joven, un polaco muy animoso casi se espachurra en el tajo. Se le ha caído encima una viga. Cuando los suben del quirófano, todos llegan con la cabeza afeitada, junto a una gran cicatriz, profunda, cerrada con grapas. Unos a modo de diadema, otros sólo a un lado del cráneo, que también puede llegar abombado, como si se hubieran olvidado de ponerle el hueso.

El resto es una mujer joven, una abogada penalista, a la que han extirpado un cáncer cerebral – con éxito -, que celebra su recuperación paseándose con un turbante y una bata china de colores dorados encima del espantoso pijama azul, el oficial, ése que te hace parecer condenada a muerte en cuanto te lo ponen), un chico que permanece aislado en una habitación esterilizada con una grave enfermedad auto inmune y tres ancianos que han sido operados por derrame cerebral. Algunos permanecen conectados a un respirador y llevan incorporados a la vena varios aparatos de medición. Intentan incorporarse en la cama, lentamente. Incorporarse de su enfermedad, de su accidente.

El ocupante de la última habitación a la derecha es mi padre. Por la otra cama con la que comparte el (reducido) espacio ya han pasado varios pacientes. Estuvo el padre de familia operado de un tumor, que era correctísimo en sus modales y casi no se notaba su presencia, aparte de por el costurón que le recorría la nuca. Tampoco oíamos a su mujer. Sólo se dedicaban a murmurar el rosario a dúo y a preguntar por el estado de mi padre. Se fueron tan silenciosos que ni nos enteramos.

Luego vino el otro señor que tenía una enfermedad de la médula. Era muy dicharachero y siempre nos daba consejos, advertencias, comentarios y opiniones sobre todas las cosas, incluso si nosotros no se las pedíamos, además de describirnos más de tres veces al día su operación y el tratamiento. Le habían desahuciado hacía tiempo, pero él era el único que no lo sabía. Con esto quiero decir que lo sabíamos todos. La población entera del planeta, menos él. Su señora se lo contaba a todos, mientras a él le daba ánimos. Le engañaba diciéndole que la operación había sido un éxito y ya se iban a casa a seguir con la vida. El, entusiasmado, pero con la cara amarilla verdosa, volvía a contarnos que todo se había resuelto gracias al deporte y la constancia. El siempre había hecho gimnasia y atletismo, ni fumar ni beber. Ahí estaba la clave, no abandonarse y practicar ejercicio. Que volvería a entrenar al equipo de fútbol de su barrio, y organizar los torneos, como siempre. Su mujer le miraba - pues claro que sí, pues claro que sí.- con una gran sonrisa, y luego se giraba hacia nosotros y ponía cara de desgracia, como el payaso listo del circo. Yo no sabía dónde mirar, me daban arcadas. Mi madre decía que el señor, como se ve que siempre había estado acostumbrado a hacer muchas cosas y, sobre todo, a mandar mucho, si se enteraba que se iba a morir lo mismo se enfadaba un poco, y por eso su mujer no se lo decía. Para no molestarle. Yo creo que le tenía miedo, quizá sospechaba que entonces le ordenaría que se enterrase viva con él, como un faraón del atletismo para aficionados. A ella, a los hijos, las nueras, los nietos, y a todo el equipo de fútbol sección alevines. La equipación y los trofeos de la Maratón Pintoresca de Cuenca, como el tesoro de su pirámide.

Cuando por fin se fueron, el señor a morirse pronto sin saberlo y la otra a seguir poniendo caras horribles, llegó el loco. Pero un loco de verdad, de esa clase que el mundo moderno cree que son una invención del cine, al que no se sabía si le habían hecho una lobotomía o una trepanación, pero el caso es que mucho éxito no había tenido, o lo mismo sí. Se movía frenético, se levantaba de golpe, se arrancaba los tubos del brazo, se agitaba espasmódicamente, hasta que tuvieron que atarle a la cama. Pero apenas hablaba. Sólo decía “Hola” como si fuese a asesinarnos, aunque creo que era por la intensidad con que expresaba el saludo. Otras veces se incorporaba y nos miraba fijamente con los ojos hundidos, rodeados por unas ojeras moradas. Su hermana decía que no era peligroso. Y así era, porque la mujer, harta de romperse el espinazo en las sillas cuando pasaba allí la noche, se metió con él en la cama tranquilamente. Así dormían los dos, ella roncando, y él, con su baile de San Vito o lo que fuese aquello. Cuando se lo llevaron – yo imaginé que a una institución gobernada por monjas con manguito y delantal - y trajeron al padre de familia accidentado, su mujer, sus cuatro hijos, sus padres, sus hermanos, hermanas, cuñados y sobrinos, mi madre y yo supimos que le íbamos a echar mucho de menos.

Yo pensé que había visto de todo en aquel sitio, pero después de los dos hermanos compartiendo una cama de noventa en el Doce de Octubre, reconocí que aún me quedaban muchas maravillas por contemplar.

17 agosto 2008

ECLIPSE DE LUNA

Anoche soñé con mi renuncia. Había decidido dejar lo que estaba haciendo y presentar mi dimisión de forma irrevocable. Quería, además, explicar las razones por las que había llegado a esa conclusión. Las decepciones sufridas, la manipulación, la soledad en la que me había encontrado siempre, y el reconocimiento de mi falta de valor por no haberlo hecho antes.

Entonces empezó. No encontraba en ningún sitio papel para escribir una carta. Nadie tenía bolígrafo. Mi lápiz no pintaba y mi libreta se disolvió en el aire. Lo intenté con el correo electrónico. No tenía conexión y cada vez que intentaba escribir la dirección y el cuerpo del mensaje, las palabras se borraban de la pantalla. No conseguía ver con claridad las teclas de mi móvil, era imposible formar una sola palabra. Intenté llamar, pero el número había desaparecido de mi agenda. No me acordaba de ninguno de los números a los que quería dirigirme.

Encontré una cabina, pude echar la moneda y escuchar el sonido de la línea telefónica, pero era incapaz de marcar el número. Unas veces no lo recordaba, otras lo marcaba mal. Al final, las teclas se desdibujaron.

Decidí caminar hasta la casa donde presentar mi renuncia. Estuve andando horas, no encontraba la dirección correcta. Se hizo de noche en mi sueño cuando llegué por fin al lugar. Grité lo que quería decir, todo lo que me había guardado durante años, pero nadie me contestó. Llamé a la puerta, la golpeé con los puños, pero la casa estaba vacía. Cuando emprendí el camino de vuelta, sin embargo, escuché una música familiar.

Luego me desperté. Cuando me miré en el espejo, mi cara estaba borrosa.

13 agosto 2008

Hasta hace un año y medio, yo no me hablaba con mi padre. No se trata de que estuviésemos enfadados por un hecho en concreto – ni abusos sexuales, ni enormes palizas-. La fractura que había entre nosotros era de otra índole. El caso es que yo no le dirigía la palabra. Desde 1982 llevaba sin decirle algo más que “Buenos días”, “Buenas tardes” y “Adiós, buenas noches”.

Pero él sí me hablaba. En realidad, mi padre, más que hablar, sentenció toda su vida, como un personaje de teatro. Aunque ahora mismo no sabría decir si de Muñoz Seca o de Arthur Miller. Hablaba sin cesar, sobre todas las cosas de este mundo. Para cualquier tema tenía una frase, una opinión, una sentencia. Su vida desdichada, sus constantes tropiezos, le habían convertido en una especie de profeta de sí mismo. Obcecado en unos principios que no le valieron de nada, seguía una y otra vez diciendo barbaridades, aunque creo que al final ya no creía en ninguna.

Entonces comenzaron sus dudas, y poco después la abjuración de los valores católicos y del cerrilismo como norma de vida, todo en lo que había confiado ciegamente desde niño. Hace un año y medio, mi padre nos sorprendía clamando contra la Iglesia y su Papa y contra el poder establecido, porque lo habían arrojado a la miseria.

El año pasado por estas fechas, fue la primera vez que hablé con mi padre desde el año 1982. Desde su cama del hospital me dijo que todavía seguía creyendo que su linaje estaba condenado, pero que viéndome ahora, y aunque cada vez me parecía más a él, quizás yo era la única que se había librado de la maldición. Estos días, que mi padre ya no se acuerda de cómo me llamo, soy yo la que hablo con él y le digo todas las barbaridades que se me ocurren sobre el catolicismo y la patronal. Y se ríe.

Menuda mierda de reconciliación.

11 agosto 2008



30 julio 2008

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