24 agosto 2006

EL DEMONIO

En el extraño episodio extraído de La vida copta de Schnoudi, se muestra al demonio como un mal viviente y sórdido, que abandona súbitamente al asceta, afectado de fiebre:

"Me ocurrió - dice cierto día un asceta a Schnoudi - una noche, cuando la hora de la luz hubo pasado, que mi cuerpo se puso a temblar de un modo alarmante. Entonces me dije:
- Todas mis coyunturas salen de mi cuerpo, pronto voy a morir."

"Y he aquí que algo se puso a salir de mi cuerpo, apestando tanto como el pus de los muertos, y la cosa se fue sobre la desnudez de la piedra. Como el humo de una hoguera, voló, desapareció".

Si ese "pus de los muertos" que los ascetas llevan en sí mismos no les abandona el cuerpo, si están condenados, a pesar de sus ayunos y de sus combates, a sentirse obsesionados durante toda su vida por Anubis - amén de la Serpiente, la Mujer y la Acidia- , ¿qué nombre dar entonces al demonio que los habita, que siempre los retiene un poco sobre esta tierra, qué rostro concreto puede adoptar ese demonio?

Ciertos textos raros la confirman. Una respuesta sorprendente, pero esperada, ya que a veces ocurre a tal o cual asceta - cuando en el desierto ve venir hacia él un visitante en quien presiente o reconoce al diablo - descubrir que el tal visitante - que ya está al alcance de su vista- no es otro que él mismo, su propio doble viniendo a su encuentro desde el fondo del horizonte".



UNA CONVERSIÓN MILAGROSA

El Obispo Prisiciliano es conocido por su martirio y por haber tenido la sombra de la herejía:
"Sucedió entrada la segunda mitad del siglo IV, en la Hispania romana, cristianizada por una Iglesia firme. El revuelo lo levantó Higinio, obispo de Córdoba, allá por el 378, al descubrir que en la vecina Lusitania se realizaban ciertos ritos dirigidos por un laico que contaba con el acuerdo de otros clérigos, aunque olían de lejos a lo que el prelado cordobés llamaba maniqueísmo, y otros, como el obispo Hidacio de Mérida, gnosticismo. Pronto se lanzaron anatemas sobre aquellos creyentes entregados a cultos que ningún feligrés consciente repetiría sin notar en su alma la huella más negra del pecado.
Ahora bien: con quien, al parecer, sí tuvo contacto fue con dos de los discípulos del de Menfis; su esposa Ágape, y Elpidio.
Interesaba que circulara esta mala imagen de Prisciliano, de quién se creía que, según Sulpicio Severo, "desde su juventud practicó la magia, el corpus hermeticus de los gnósticos alejandrinos, la libertad de interpretación de los textos sagrados, el panteísmo emanista y naturalista, el uso de métodos y sustancias psicodélicas, la vida comunitaria, la igualdad entre hombres y mujeres, la desigualdad entre personas y homúnculos y -en líneas generales- el eterno retorno al cristianismo de los orígenes y la progresiva ascendencia hacia formas impalpables de existencia".
Sulpicio Severo nos habla sobre Prisciliano. Dice: "era agudo, inquieto, elocuente, culto y erudito, con extraordinaria disposición para el diálogo y la discusión... Podían verse en él grandes cualidades, interiores y físicas. Podía mantenerse despierto largo tiempo, soportando hambre y sed, poco ávido de bienes, expresamente parco en su uso. Así mismo vanidoso y más orgulloso de lo normal de sus conocimientos profanos; incluso se cree que, desde su juventud, practicó la magia".
Atienza nos dice que "no le fue difícil encontrar adeptos, tanto entre el pueblo, en la Gallaecia, como entre la nobleza hispano romana y hasta entre una parte del clero local, que vio en aquella postura una solución frente a los casos de paganismo pertinaz con los que debían enfrentarse en aquellos territorios".
Prisciliano y los suyos intentaron solicitar el apoyo de la Iglesia, ante el Papa Dámaso, y emprendieron camino por la vía de Astorga a Burdeos, a lo largo de este camino fueron "maravillosamente acogidos por los ignorantes y esparcieron la semilla de la herejía".
El Papa se negó a recibirlos; lo mismo sucedió con San Ambrosio, obispo de Milán. Amenazados por todos los poderes, Prisciliano y los suyos marcharon a Tréveris, donde un sínodo de obispos inició contra ellos un juicio. Sometidos a tortura, confesaron que practicaban maleficios y que se entregaban a prácticas obscenas, orar desnudos y reunirse con mujerzuelas. Así, desoyendo las súplicas que elevó en su favor Martins de Tours, Prisciliano y varios adeptos suyos fueron condenados en el año 385, entregados al brazo secular y decapitados en Tréveris, donde gobernaba Máximo, que compartía su imperio con Graciano.
Murieron con Prisiciliano dos clérigos, Felicísimo y Armenio; su acomodada amiga Eucrocia (también llamada Ágape), viuda de Delfidio, y Latroniano, un poeta cristiano de suficiente renombre como para ser incluido en las Vidas de hombres ilustres, de San Jerónimo".
Atienza añade: "En poco tiempo casi todo el tercio occidental de la península Ibérica se habia convertido al priscilianismo. Y, si no lo era, reverenciaba el recuerdo de Prisciliano como si fuera uno de los santos de la cristiandad. Por más que se hayan empeñado los defensores de la catolicidad, ni las acciones de limpieza que realizó Toribio de Astorga el primer siglo de la dominación sueva en Galicia, ni los discursos de San Martín Dumiense contra los veneratores lapidum, sirvieron de nada ante una devoción que ya rebasaba los límites de sus fronteras territoriales. Sabemos que la tumba del mártir hereje era masivamente visitada. Y tienta preguntarse dónde se encontraba. Ya que no existen documentos que puedan aportarnos pista alguna, pero esa misma carencia documental ha quedado suplida por las tradiciones que nos llevan de un lado a otro de la antigua Gallaecia en busca de su emplazamiento.
Una tradición gallega sitúa la tumba de Prisciliano en Santa Eulalia de Bóveda, al sur de Lugo; La iglesia de Santa Eulalia tiene una cripta que, antes de cristianizarse, fue un ninfeo de tres naves con un estanque de agua en la del centro. La bóveda se encuentra llena de pinturas bien conservadas, en las que abunda el tema de las aves encaradas rodeadas de elementos vegetales. En la parte exterior se conserva un relieve que representa una danza ritual y, al otro extremo, una losa que la gente indica como el lugar de la tumba de Prisciliano. En ella se ve un relieve; que parece representar una figura sentada, cuyos brazos hacen que nos recuerde la imagen de un mono.

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