30 agosto 2006

EL CERTIFICADO DE APOSTASÍA

"Decio es sólo un nombre en la serie de los emperadores romanos, esa larga serie de nombres que proliferan hacia la mitad del siglo III, y son como etiquetas vacías. Son en realidad, vidas que ni los antiguos historiadores supieron cómo llenar. La de Decio, de no haber perseguido a los cristianos, se llenaría con sólo decir que murió gloriosamente defendiendo las fronteras danubianas del Imperio, combatiendo contra los godos.

A decir verdad, los motivos que impulsaron a este soldado a declarar la guerra al cristianismo con ánimo de exterminarlo, son poco claros. Se supone a Decio un romano a la antigua usanza, que sueña en restablecer la unidad espiritual del Imperio obligando a todos sus súbditos a volver a la religión tradicional, razón y sostén del estado, causa reconocida de la grandeza de Roma.

En día determinado, todo cristiano o sospechoso de serlo, debía presentarse ante la comisión de cinco miembros para dar pública muestra de su adhesión a la religión oficial. Los magistrados extendían luego un certificado, acreditando que el interesado había cumplido con la ley. La publicación de este edicto, sin duda, produjo verdadero pánico entre la población cristiana, que había, tras larga paz, perdido el temple del martirio, y hubo una verdadera desbandada general de apostasías.

Como la posesión del certificado de sacrificio ponía a resguardo de toda ulterior pesquisa, cristianos débiles, que ni querían romper con su conciencia ni tampoco enfrentarse con la terrible ley persecutoria, apelaron al recurso de procurarse a precio de oro falsos certificados en que constaba haber sacrificado, sin haberse, en realidad, acercado a los pilares de los dioses. Por donde se ve que los acomodaticios son casta de todos los tiempos. En aquellos días, sin embargo, las componendas no se admitían tan fácilmente como en nuestra época. Los libellatici fueron equiparados a los sacrificati, apóstatas que habían tomado parte en actos de idolatría en honor de los dioses, y a los thurificati, los que no habían hecho sino quemar unos granos de incienso en honor de la estatua del emperador.

Hoy podemos formarnos una idea perfectamente clara de lo que eran tales certificados, pues se han descubierto modelos de ellos conservados en papiro. Los libelli ofrecen la forma de una instancia dirigida a la comisión de vigilancia que los debía sellar. Los que se conservan provienen de Egipto, pero su uso consta haberse practicado igualmente en Italia y España. Nada mejor, para dar una idea de las prescripciones del edicto imperial, que transcribir aquí uno de esos certificados o libelos:

A la comisión de sacrificios de la aldea
de la isla de Alejandro, de parte de
Aurelio Diógenes, hijo de Satabó,
natural de la misma isla, de unos
setenta y dos años de edad.
Cicatriz en la ceja derecha.
Siempre he cumplido con los sacrificios,
y ahora, en vuestra presencia,
conforme a lo mandado por el edicto,
he sacrificado, ofrecido libaciones
y tomado parte en el banqueta sagrado,
y os suplico que así lo certifiquéis.
Salud, Aurelio Diógenes que presenté
esta instancia...
Año primero del Emperador César Cayo
Mesio Quinto Trajano Decio Pío Félix Augusto.
A dos del mes de Epiph.
(26 de junio 250).

"La Persecución de Decio". Actas de los Mártires.

24 agosto 2006

EL DEMONIO

En el extraño episodio extraído de La vida copta de Schnoudi, se muestra al demonio como un mal viviente y sórdido, que abandona súbitamente al asceta, afectado de fiebre:

"Me ocurrió - dice cierto día un asceta a Schnoudi - una noche, cuando la hora de la luz hubo pasado, que mi cuerpo se puso a temblar de un modo alarmante. Entonces me dije:
- Todas mis coyunturas salen de mi cuerpo, pronto voy a morir."

"Y he aquí que algo se puso a salir de mi cuerpo, apestando tanto como el pus de los muertos, y la cosa se fue sobre la desnudez de la piedra. Como el humo de una hoguera, voló, desapareció".

Si ese "pus de los muertos" que los ascetas llevan en sí mismos no les abandona el cuerpo, si están condenados, a pesar de sus ayunos y de sus combates, a sentirse obsesionados durante toda su vida por Anubis - amén de la Serpiente, la Mujer y la Acidia- , ¿qué nombre dar entonces al demonio que los habita, que siempre los retiene un poco sobre esta tierra, qué rostro concreto puede adoptar ese demonio?

Ciertos textos raros la confirman. Una respuesta sorprendente, pero esperada, ya que a veces ocurre a tal o cual asceta - cuando en el desierto ve venir hacia él un visitante en quien presiente o reconoce al diablo - descubrir que el tal visitante - que ya está al alcance de su vista- no es otro que él mismo, su propio doble viniendo a su encuentro desde el fondo del horizonte".



UNA CONVERSIÓN MILAGROSA

El Obispo Prisiciliano es conocido por su martirio y por haber tenido la sombra de la herejía:
"Sucedió entrada la segunda mitad del siglo IV, en la Hispania romana, cristianizada por una Iglesia firme. El revuelo lo levantó Higinio, obispo de Córdoba, allá por el 378, al descubrir que en la vecina Lusitania se realizaban ciertos ritos dirigidos por un laico que contaba con el acuerdo de otros clérigos, aunque olían de lejos a lo que el prelado cordobés llamaba maniqueísmo, y otros, como el obispo Hidacio de Mérida, gnosticismo. Pronto se lanzaron anatemas sobre aquellos creyentes entregados a cultos que ningún feligrés consciente repetiría sin notar en su alma la huella más negra del pecado.
Ahora bien: con quien, al parecer, sí tuvo contacto fue con dos de los discípulos del de Menfis; su esposa Ágape, y Elpidio.
Interesaba que circulara esta mala imagen de Prisciliano, de quién se creía que, según Sulpicio Severo, "desde su juventud practicó la magia, el corpus hermeticus de los gnósticos alejandrinos, la libertad de interpretación de los textos sagrados, el panteísmo emanista y naturalista, el uso de métodos y sustancias psicodélicas, la vida comunitaria, la igualdad entre hombres y mujeres, la desigualdad entre personas y homúnculos y -en líneas generales- el eterno retorno al cristianismo de los orígenes y la progresiva ascendencia hacia formas impalpables de existencia".
Sulpicio Severo nos habla sobre Prisciliano. Dice: "era agudo, inquieto, elocuente, culto y erudito, con extraordinaria disposición para el diálogo y la discusión... Podían verse en él grandes cualidades, interiores y físicas. Podía mantenerse despierto largo tiempo, soportando hambre y sed, poco ávido de bienes, expresamente parco en su uso. Así mismo vanidoso y más orgulloso de lo normal de sus conocimientos profanos; incluso se cree que, desde su juventud, practicó la magia".
Atienza nos dice que "no le fue difícil encontrar adeptos, tanto entre el pueblo, en la Gallaecia, como entre la nobleza hispano romana y hasta entre una parte del clero local, que vio en aquella postura una solución frente a los casos de paganismo pertinaz con los que debían enfrentarse en aquellos territorios".
Prisciliano y los suyos intentaron solicitar el apoyo de la Iglesia, ante el Papa Dámaso, y emprendieron camino por la vía de Astorga a Burdeos, a lo largo de este camino fueron "maravillosamente acogidos por los ignorantes y esparcieron la semilla de la herejía".
El Papa se negó a recibirlos; lo mismo sucedió con San Ambrosio, obispo de Milán. Amenazados por todos los poderes, Prisciliano y los suyos marcharon a Tréveris, donde un sínodo de obispos inició contra ellos un juicio. Sometidos a tortura, confesaron que practicaban maleficios y que se entregaban a prácticas obscenas, orar desnudos y reunirse con mujerzuelas. Así, desoyendo las súplicas que elevó en su favor Martins de Tours, Prisciliano y varios adeptos suyos fueron condenados en el año 385, entregados al brazo secular y decapitados en Tréveris, donde gobernaba Máximo, que compartía su imperio con Graciano.
Murieron con Prisiciliano dos clérigos, Felicísimo y Armenio; su acomodada amiga Eucrocia (también llamada Ágape), viuda de Delfidio, y Latroniano, un poeta cristiano de suficiente renombre como para ser incluido en las Vidas de hombres ilustres, de San Jerónimo".
Atienza añade: "En poco tiempo casi todo el tercio occidental de la península Ibérica se habia convertido al priscilianismo. Y, si no lo era, reverenciaba el recuerdo de Prisciliano como si fuera uno de los santos de la cristiandad. Por más que se hayan empeñado los defensores de la catolicidad, ni las acciones de limpieza que realizó Toribio de Astorga el primer siglo de la dominación sueva en Galicia, ni los discursos de San Martín Dumiense contra los veneratores lapidum, sirvieron de nada ante una devoción que ya rebasaba los límites de sus fronteras territoriales. Sabemos que la tumba del mártir hereje era masivamente visitada. Y tienta preguntarse dónde se encontraba. Ya que no existen documentos que puedan aportarnos pista alguna, pero esa misma carencia documental ha quedado suplida por las tradiciones que nos llevan de un lado a otro de la antigua Gallaecia en busca de su emplazamiento.
Una tradición gallega sitúa la tumba de Prisciliano en Santa Eulalia de Bóveda, al sur de Lugo; La iglesia de Santa Eulalia tiene una cripta que, antes de cristianizarse, fue un ninfeo de tres naves con un estanque de agua en la del centro. La bóveda se encuentra llena de pinturas bien conservadas, en las que abunda el tema de las aves encaradas rodeadas de elementos vegetales. En la parte exterior se conserva un relieve que representa una danza ritual y, al otro extremo, una losa que la gente indica como el lugar de la tumba de Prisciliano. En ella se ve un relieve; que parece representar una figura sentada, cuyos brazos hacen que nos recuerde la imagen de un mono.

23 agosto 2006

LA ENSEÑANZA DEL DESIERTO



"Un discípulo vino un día al encuentro de Macario El Viejo:
- Macario, ¿qué debo hacer para salvar mi alma?
Macario respondió:
- Ve a insultar a los muertos.
El discípulo llegóse al cementerio, insultó a los muertos. Se presentó de nuevo ante Macario.
- ¿Qué han dicho los muertos?, preguntó.
- No han dicho nada, replicó el discípulo.
Macario le dijo: - Vuelve al cementerio y bendice a los muertos.
El discípulo volvió al cementerio, bendijo a los muertos. Retornó junto a Macario.
- ¿Qué han dicho los muertos?, preguntó Macario.
- No han dicho nada, respondió el otro.
- Sé como los muertos, dijo Macario: No juzgues a nadie y aprende a guardar silencio".

LA ENSEÑANZA DEL DESIERTO

lunes 23 de octubre de 2006



"Un discípulo vino un día al encuentro de Macario El Viejo:
- Macario, ¿qué debo hacer para salvar mi alma?
Macario respondió:
- Ve a insultar a los muertos.
El discípulo llegóse al cementerio, insultó a los muertos. Se presentó de nuevo ante Macario.
- ¿Qué han dicho los muertos?, preguntó.
- No han dicho nada, replicó el discípulo.
Macario le dijo: - Vuelve al cementerio y bendice a los muertos.
El discípulo volvió al cementerio, bendijo a los muertos. Retornó junto a Macario.
- ¿Qué han dicho los muertos?, preguntó Macario.
- No han dicho nada, respondió el otro.
- Sé como los muertos, dijo Macario: No juzgues a nadie y aprende a guardar silencio".
LA ENSEÑANZA DEL DESIERTO

"Un discípulo vino un día al encuentro de Macario El Viejo:
- Macario, ¿qué debo hacer para salvar mi alma?
Macario respondió:
- Ve a insultar a los muertos.
El discípulo llegóse al cementerio, insultó a los muertos. Se presentó de nuevo ante Macario.
- ¿Qué han dicho los muertos?, preguntó.
- No han dicho nada, replicó el discípulo.
Macario le dijo: - Vuelve al cementerio y bendice a los muertos.
El discípulo volvió al cementerio, bendijo a los muertos. Retornó junto a Macario.
- ¿Qué han dicho los muertos?, preguntó Macario.
- No han dicho nada, respondió el otro.
- Sé como los muertos, dijo Macario: No juzgues a nadie y aprende a guardar silencio".

21 agosto 2006

EL VERDADERO INFIERNO

"Cuéntase que Macario, un día en que iba por la montaña, vio un cráneo de muerto yaciendo en tierra. Macario removió la cabeza y entonces ésta le respondió.
Macario dijo: - ¿Quién eres tú que me hablas? El cráneo respondió: - Soy griego, del tiempo de los gentiles. Se me ha permitido hablarte.
Macario dijo: - y yo, ¿quién soy?
El cráneo dijo: - Tú eres Macario, el pneumatóforo.
Macario preguntó: - ¿Estás en el reposo o en el sufrimiento?
El cráneo contestó: - Estoy en los tormentos.
Macario dijo: - ¿De qué suerte son tus tormentos?
El cráneo dijo: - Hay un río de fuego que hierve sobre nuestras cabezas, tan alto como el cielo, y otro río debajo de nosotros. Nosotros estamos en medio, sin que nuestros rostros puedan ver los otros rostros, pero nuestras espaldas están unidas las unas a las otras. En el momento en que se hace una plegaria por nosotros, recibimos un poco de reposo.
Macario preguntó al cráneo en qué consistía ese tipo de reposo.
- Durante un parpadeo, nos vemos el rostro los unos a los otros."

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