31 mayo 2010

OUT OF THE BLUE AND INTO THE BLACK


Recuerdo nítidamente el cartel de la película ocupando toda la página de un conocido diario nacional, casi al mismo tiempo que hacía lo propio el dibujo de Ceesepe para la opera prima de Almodóvar, así como la foto promocional de “El Hombre Elefante”. Era el año 1980, y “Caído del Cielo” había ganado algún premio en un festival europeo. Esto último, lo del premio, por alguna razón, ya ni lo recordaba. Pero no así aquellos eslóganes publicitarios que acompañaban a la foto de Linda Manz: “Adolescente, rebelde. Culto a Elvis. Aplacar su furia vital no es tarea fácil. Un director polémico: Dennis Hopper. Una película sin precedentes…”, que sí se me quedaron grabados, antes incluso de ver la película. Recuerdo la maravillosa canción de Neil Young que formaba parte de su beseón sonando en la radio (y la portada del live “Rust Never Sleeps” en el catálogo de Discoplay), así como las traducciones a nuestro idioma de la misma que hacían los locutores de la época, descubriéndome con pasmo que aquel críptico y repetitivo “Hey Hey, My, My” significaba, aproximadamente “¡Elvis ha palmado y esta es la historia de Johnny Rotten!”.  Vi “Caído del Cielo” unos años después, en una cosa cultural que organizaba el ayuntamiento, y recuerdo que salí de la sala en estado de shock, mientras mis acompañantes escupían sapos y culebras (“Pero, vamos a ver, ¿qué es lo que pasa al final? No me he enterado de nada…) . Cómo sería su cabreo, que en mi cumpleaños, en lugar de regalarme el póster de la película que vendían en la tienda del Alphaville, me compraron el de “El Amigo Americano”, “Total, si también sale Dennis Hopper, y ésta es mucho más buena…”. 

“Caído del Cielo” reunía todos los elementos necesarios para hacerse con un lugar importante en mi archivo de mitos y fetiches. Y ahí sigue, intacta. Todo esto viene a propósito porque hace unas semanas encontré la cinta de “Out of the Blue” cubierta de polvo en los anaqueles del vídeo club Fantasía IV, uno de esos que aún tienen videos en formato beta y la cinta de “Los Humanoides del Abismo” como la más alquilada del mes. Con la emoción que suelen dar estas cosas, se la compré sin regatear al viejo de la bata y las gafas pegadas con celo, y fui corriendo a casa a volver a verla. Bien, pues tras el primer visionado, he de decir que sigue siendo La Película. Por mucho que yo ni sea de Vancouver, ni mi padre sea Dennis Hopper, ni nunca haya tenido una gorra de motero o un camión. Por mucho que Kurt Cobain, en un gesto solemnemente retro, garrapateara para despedirse del mundo “It´s better to burn out than fade away” (O sea, lo que viene a significar “Hey, Hey, My, My”). Mira que es una lástima que no se fuera como hace la protagonista de “Caído del Cielo”, lo que hubiese sido una cosa mucho más vistosa y, dónde va a parar, mucho más punk, que era de lo que se trataba, ¿no?…

Porque “Caído del Cielo” es una película punk. Mucho más que la de los Sex Pistols, que “Jubilee”, “Syd & Nancy” o “A Tope”. Una de las películas más punks que se han hecho, pero de verdad, no “plasticorra” ni “de pastel”, y por ello, totalmente alejada del estereotipo que se otorga al citado nombre y a la – a veces – penosa comicidad que destilan estos productos. También es un dramón, y un retrato feo y acre de un momento concreto. Una historia rodada sin mucha brillantez, casi improvisada sobre la marcha, pero con una contundencia que, lo aseguro, sigue intacta a fecha de hoy. O sea: un producto punk visto desde cualquier perspectiva (pocos medios, poco tiempo, rapidez, agresividad, soberbia y rabia). También puede parecer un poco raro que su creador sea Dennis Hopper y no, qué se yo, un John Cassavetes, por ejemplo, o algún director más sofisticado, pero bien mirado, ¿quién sino él podía hacer la película que cuenta de dónde, cómo y por qué nace (y se muere) la generación del punk en América? La respuesta es fácil. Que está en cualquier enciclopedia de cine y hasta en el Fotogramas…

En 1979, a un Hopper roto por la droga, tras haber batido varios récords mundiales en las Olimpiadas Farmacéuticas, y por ello, condenado al ostracismo en la profesión y casi al destierro en Canadá, tras varios destrozos personales y cinematográficos (ese desatino de “The Last Movie”, los espectáculos ofrecidos durante el rodaje de “Apocalypse Now”...), le ofrecen un pequeño papel en una cinta de serie B, de estructura semejante a la de los telefilmes de sobremesa, donde el protagonista, Raymond Burr, daría vida a un psicólogo que atiende casos de adolescentes “difíciles”, haciendo Dennis del papá de una niña con problemas. Leonard Yakir, el director de la película, por algún motivo, sale por pies a los pocos de días de comenzar el rodaje, y la productora, también por alguna razón que desconocemos, deja en manos de Hopper la historia. Viéndose de nuevo a los mandos, de un plumazo cambia el guión, mientras se relame por la maldad que está a punto de cometer: en lugar de ser Perry Mason y sus flemáticas circunstancias el eje de la película, lo va a ser la adolescente conflictiva y sus aún más si cabe problemáticos padres. Hopper, sin muchos miramientos, dirige e interpreta en pocas semanas, y pronto olvida “Out of The Blue” por su cóctel preferido de cocaína, mescalina y varias botellas de Jack Daniel´s,  puesto que la cinta es un fracaso de público y no la ve nadie. Los críticos, sin embargo, la ponen muy bien, y la productora, aprovechando lo mucho que gusta en Europa este cine artie de los americanos, la pasea por los festivales, donde cosecha premios y parabienes, que convierten a “Caído del Cielo” en una “película de culto”. Aunque, por supuesto,  nada de esto sirva para rescatar a Hopper del pozo de los condenados y de su dulce infierno de la droga, ya que se volverá a tirar otros diez años de desvaríos hasta que le dejen dirigir otra película, la por cierto muy buena “Colors”. Y ahora, pues ahí le tienen, haciendo de fantástico malo de broma en películas de tiros y explosiones en cuanto se lo proponen, encantado de la vida, coleccionando pintura, con un aspecto estupendo y riéndose un poco (bastante) de todos aquellos que ya le querían enterrar en los sesenta. Como el extraordinario monstruo que ha sido siempre.

Pero volvamos a “Caído del Cielo”, que es también volver a la leyenda Hopper, uno de los pilares de la cultura pop americana, vista siempre, claro está, desde el lado del Mal. Tal y como aparece aquí, interpretando a un camionero alcohólico que ha sido un malo de joven, un outlaw pandillero, como si el personaje de Easy Rider hubiera sobrevivido a los hillbillys y, ahora, ya talludito, estuviera viviendo en un pueblo, casado y con responsabilidades. Y afrontándolas como lo hubiera hecho aquél, o sea, empotrando el camión contra un autobús escolar, por ir borracho y haciendo el tonto. A consecuencias de lo cual, va a parar a la penitenciaría unos años. Años en los que su hija, que iba con él en el momento del accidente, Cindy Barness, o CeBe, personaje poderosamente interpretado por Linda Manz, se convierte en una ceñuda adolescente de catorce años, que idolatra a Elvis (que además de lo que es y lo que significa por sí mismo, y que por lo obvio de ese significado, no vamos a entrar a dar explicaciones a estas alturas, es un trasunto un tanto turbio de su padre. Porque también Elvis le ha abandonado, como Hopper, al morirse poco tiempo atrás). También, además de erigir un altar a Elvis en su habitación y escuchar constantemente “Teddy bear”, CeBe ha descubierto el punk, está completamente identificada, viendo a sus padres y a los amigos de sus padres como los residuos de esa contracultura hippie que tanto detesta, por lo que se comporta como un marimacho macarra. La cabina del camión, medio destrozada,  la tienen en el jardín de la casa familiar, y CeBe sentada al volante, habla a través de la radio, utilizando la clave de su padre. Los camioneros se cachondean de las cosas que dice la niña, como “La música disco es una mierda” o “Matad a todos los jipis”, mientras ella se viste con la gorra y la chupa de motero de Hopper y toca la guitarra y la batería que éste guarda en casa. La madre de la niña es, como ya se lo estaban imaginando, camarera en un café típico y tópico, salvo por el pequeño detalle que es yonki, además de estar tirándose al mejor amigo de su marido. CeBe está hasta los pelos de sus compañeros de clase, que se ríen de ella por las pintas y las cosas que dice; de su madre, que pasa por completo de ella; de los amigos de su padre, un patético grupo de personajes hundidos que sólo saben estar bebiendo y drogándose en la bolera, y que quieren beneficiarse a CeBe a toda costa. Harta de todo, CeBe huye de casa para buscar aventuras en la capital. En Vancouver, concretamente, donde primero topa con un pajero que quiere aprovecharse de la niña, y la lleva al “Blue Motel”, de donde CeBe sale por patas, tras dejar K.O. al desgraciado. Después aterriza en medio de la escena punk de la ciudad, en un concierto de los Pointed Sticks, otro grupo de culto brutto, que interpretan en directo “Out of Luck”. La niña es muy bien recibida por los punks y los modernos que abarrotan el local y hasta acaba aporreando la batería al final de la canción. La broma le cuesta a CeBe, primero, la visita a un psicólogo (donde aparece el dichoso Burr), y, segundo,  la visita a su padre en la cárcel, para lo que mamá Barness intenta vestirla como una señorita, estropeándolo todo aún más. Cuando padre e hija se encuentran de nuevo, y se ven brillar los ojos de Hopper y la expresión de CeBe, el espectador comienza a sospechar que esta relación tan de buen rollo y tanta camaradería, quizá ha ido un poco un más allá de lo estrictamente paterno filial… 

Pasada la condena, Hopper vuelve a casa. Los colegas le dan una fiesta de bienvenida, pero acaba de una forma tan penosa, que estamos seguros de que aquello no se va a arreglar. Para empezar, el único trabajo que encuentra es en el vertedero de la ciudad, con una excavadora para remover la basura (escena antológica, donde Hopper va como un loco con el cacharro levantando porquería, hay una multitud de gaviotas a su alrededor y suena “Thrasher”, de Neil Young). Comienzan las broncas familiares, el matrimonio hace aguas y tras un penoso intento de “normalización familiar”, con un picnic horrible cerca del vertedero, y los tres personajes completamente aislados los unos de los otros, se teme que aquello va a explotar, aunque en principio, se piensa figuradamente. El final se precipita de forma abrupta y sin ninguna concesión: padre e hija pelean a muerte; ahora el espectador sabe con seguridad que Elvis, “Easy Rider”, la generación beat y la de Vietnam, han cometido incesto con el Punk. Y el Punk se venga,  matando a papá con unas tijeras y luego a mamá, en una escena donde CeBe vuela la cabina del camión con ella y su madre dentro, mientras dice: “No te preocupes, mamá, sólo es un gesto punk”.  Nunca las relaciones familiares dramáticas tuvieron un final más explícito, porque la familia aquí, es que explota de verdad. 

En 1983, durante la presentación de “Out of The Blue”, un muy extraviado Hopper, tras leer una serie de incoherencias sobre su película, protagonizó una simpática performance consistente en sentarse encima de varios kilos de explosivos y prender fuego a la mecha, mediante un truco de especialista. No cabe duda de que es la mejor forma de ilustrar “Caído del Cielo”, aunque las autoridades de la ciudad le llevaran casi preso por la gracia. Años después, ese psicópata codicioso y con sentido del humor que vuela ascensores y autobuses en “Speed”, es la evolución más lógica del personaje básico que Hopper ha estado siempre interpretando, tanto en la ficción como en su vida de persona real: del inocente rockero de pueblo, del preso adolescente de una cárcel del sur, al delincuente juvenil a lomos de una Harley, al apóstol del LSD, al padre ruinoso y desquiciado, y, para terminar, como no podía ser de otra manera, al asesino de masas.
El punk sirve como catalizador de una sociedad mermada por las bajas en muchos y diversos frentes, por la falta de idea acerca de qué demonios debe hacer uno, porque el “seguir mi camino” de Easy Rider está más que obsoleto y pasado de rosca. Tampoco se puede decir que defender orgullosamente a la patria haya servido para gran cosa, excepto para tener colgados sin piernas que piden limosna entre la 53 y la 3. El rock queda como una cosa de los padres, como un algo sin vida que en nada puede ayudar a los hijos de los hijos de Elvis y, por tanto, sólo queda, como opción menos idiota, el “busca y destruye”. Especialmente esto último, recurso muy socorrido cuando ya no hay queda nada ni nadie detrás del pastel de manzana. Esa niña, de gesto dulcemente amenazador, vestida de motorista del infierno y cantando a Elvis es un símbolo genial, precioso, de un momento crucial. Pero, que desgraciadamente, sólo pervive en nuestros días como moda obsoleta y casi humorística, como parodia de sí mismo y como histórico y fallido intento de acabar con las cosas para que estas siguieran estando como siempre.
Grace, Mondo Brutto Nº 27, Verano 2002, pág. 112-113.

3 comentarios:

Miss Tetas dijo...

recuerdo con agrado el artículo,
y la película, claro

buen homenaje

Javier guzmán dijo...

También para mí es la mejor película de Hopper. Punk sin concesiones, visceral e inevitablemente negro... out of the blue

Javier guzmán dijo...

Punk visceral, inevitablemente negro... out of the blue

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